Los niños avanzaban por el bosque hasta la casa de Gala sin creer aún que Katherine los hubiera dejado ir solos.
A unos metros detrás, completamente silenciosa y con el paso ligero de una loba entrenada desde niña, iba Katherine.
Los observaba con los brazos cruzados, aunque el gesto escondía más ternura que enojo.
—Diosa... —susurró con frustración cariñosa—. Espero que no se metan en problemas.
No es que no les creyera, los había seguido para asegurarse de que llegarían a salvo.
Los trillizos