Stephano vio el dardo clavarse en el hombro de Adhara como si el tiempo se hubiera detenido.
El mundo se redujo a ese instante, su cuerpo cayendo, sus ojos abriéndose con sorpresa, el gemido ahogado que escapó de sus labios.
El terror lo golpeó al igual que un miedo brutal y primitivo que le heló la sangre. Luego llegó la furia, una oleada cegadora que le hizo gritar su nombre con desesperación.
—¡Adhara!
Su voz sonó como un grito desgarrado.
En dos zancadas estuvo detrás de ella, sus brazos f