Despertó sola.
El lugar estaba sumido en sombras como la noche anterior. La chimenea seguía viva, aunque menguante. El calor de la noche se había disipado, pero el aroma de Cassian seguía impregnado en el aire, en su piel.
Se incorporó despacio, parpadeando.
—Él ya no está… —susurró para sí misma.
El costado de la cama donde había dormido él estaba vacío, pero aún tibio. Había estado allí hasta hace poco. Ella se levantó, dirigiéndose a lo que parecía ser una ventana y apartó las cortinas para