Capítulo 39 — Malakai y un respiro momentáneo
El viaje hacia las cumbres nevadas del norte se volvió más tortuoso a medida que el asfalto desaparecía, reemplazado por caminos de tierra y grava que serpenteaban entre bosques de pinos milenarios. El aire, cada vez más fino y gélido, obligó a Nora a acurrucarse bajo una manta en el asiento trasero, mientras Lyra observaba cómo el mundo humano quedaba definitivamente atrás.
Finalmente, tras atravesar un desfiladero oculto por una niebla espesa que parecía tener voluntad propia, ante ellos se abrió el Enclave de los Renegados. No era una ciudad, sino una colonia de estructuras de piedra y madera integradas en la falda de la montaña. Había faroles de luz ambarina que colgaban de cadenas oxidadas y figuras envueltas en capas que se movían con una gracia que delataba su naturaleza no humana.
Al detener el vehículo, un hombre alto, de cabello blanco como la nieve y ojos de un violeta inquietante, los esperaba. Su sola presencia hacía que el