La trampa del Alfa

Capítulo 40 — La trampa del Alfa

El aire en el Enclave de los Renegados era un compuesto de azufre, pino quemado y la esencia fría de los inmortales. Aunque el refugio de Malakai prometía seguridad frente a las leyes del Consejo, la atmósfera se sentía como una cuerda tensada al límite de su resistencia. La mañana siguiente a su llegada, el sol apenas lograba perforar la densa bruma que ascendía desde los desfiladeros, bañando las estructuras de piedra en un gris fantasmal.

​Lyra se despertó con una sensación de pesadez en el pecho. El Sello de Sangre, que normalmente pulsaba con la calidez protectora de Elián, hoy emitía una vibración errática, como el zumbido de un insecto atrapado tras un cristal.

Elián ya se había marchado para conferenciar con Malakai sobre los límites de su poder compartido.

​Fue Nora quien rompió el silencio de la habitación, ya vestida y con una energía inquieta.

​—No soporto estar encerrada aquí, Lyra —dijo Nora, ajustándose las botas—. El aire huele dem
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