Capítulo 38 — La Profecía del Trono Caído
Daren descendió a las profundidades del rascacielos de cristal, dejando atrás el ruido del tráfico de la ciudad para sumergirse en un silencio sepulcral que olía a incienso viejo y piedra húmeda. La oficina de los Ancianos no era un despacho, sino una cámara ceremonial oculta bajo capas de hormigón y acero.
Frente a él, sentados en sillones de madera tallada que parecían tronos, estaban Vladmir, Seraphina y Kael. Sus presencias eran tan densas que al lobo de Daren se le erizó el pelaje, reconociendo a depredadores que habían caminado por la tierra mucho antes de que la primera manada tuviera nombre.
—Has regresado, Alfa —dijo Vladmir, su voz como el roce de dos lápidas—. Morwen te ha guiado bien. Sabes que no puedes vencer a Elián con garras y dientes. No a él. No ahora que ha marcado a la loba.
Daren se mantuvo firme, aunque cada instinto le decía que huyera.
—He visto de lo que es capaz. He visto también cómo ella ha cambiado. D