Mientras Adrian conducía de regreso a la ciudad, el aroma de Aeryn aún impregnaba los asientos de cuero de su coche, actuando como un bálsamo contra la frialdad del horizonte de acero que se alzaba ante él. No podía dejar de tocarse la nuca, sintiendo una leve irritación en la piel que atribuía al cansancio, pero que era el sensor que llevaba y había dejado de funcionar.
En la penumbra de su centro de mando táctico, Mara observaba las gráficas de bioquímica de Adrian que habían quedado grabad