El departamento de Adrian se sentía como una cámara de descompresión. Tras la intensidad de sus palabras y la aceptación casi milagrosa de Aeryn, el aire parecía haber recuperado un peso físico. Él permanecía sentado en el borde de la cama, con los hombros hundidos, sintiendo cómo el eco de su verdadera identidad —esa que había pronunciado en voz alta por primera vez— flotaba en la penumbra como una sentencia de muerte.
Aeryn no se había apartado. Sus manos seguían entrelazadas con las de él,