Capítulo 45 — La novia de las Sombras
La vida en la manada para Lyra se había convertido en una sucesión de sombras y silencios. Había sido instalada en una pequeña cabaña apartada, rodeada de guardias que no la protegían, sino que la vigilaban como a una criminal o a una enferma contagiosa. Los días se fundían unos con otros; el sol salía y se ponía, pero para ella, el mundo permanecía sumergido en el gris perpetuo de la cripta.
Lyra pasaba la mayor parte del tiempo sentada frente a la ventana, observando el bosque. Ya no sentía el llamado de la luna, ni el instinto de caza, ni el calor de la manada. Al perder a Elián, había perdido el ancla que sostenía su propia identidad. Sin el lazo, se sentía como una intrusa en su propio cuerpo. La cicatriz en su pecho era un recordatorio constante de que su corazón se había marchitado el mismo segundo en que el de su compañero dejó de latir.
Los demás miembros de la manada la evitaban. Cuando caminaba por el sendero principal para buscar a