Capítulo 46 —El Latido de la Profecía
El silencio en el corazón de Lyra no era vacío, era una marea densa y gris que lo devoraba todo. Había pasado un mes desde que el mundo se tiñó de ceniza. Un mes siendo una sombra errante en la manada de los Colmillos de Plata, soportando la vigilancia asfixiante de Daren y las pullas cargadas de veneno de Selene. Para Lyra, los días no se median en horas, sino en la intensidad del dolor que emanaba del Sello de Sangre marchito en su pecho.
Sin embargo, en la última semana, el letargo había mutado. Ya no era solo la tristeza lo que la anclaba a la cama. Era una fatiga que le calaba hasta los huesos, una náusea persistente que surgía con el primer rayo de sol y ese extraño calor, casi eléctrico, que palpitaba donde antes solo había vacío.
En la pequeña cabaña que se había convertido en su jaula de oro, Lyra observaba sus manos pálidas. Su loba, antes una presencia vibrante y feroz, guardaba un silencio absoluto, como si estuviera agazapada, prot