El descenso hacia las Crónicas de Sangre no se sentía como bajar a una cripta, sino como internarse en el ventrículo de un corazón colosal. A medida que Adrian seguía a Elián y Aeryn por la escalera de caracol tallada en la raíz madre, el aire se volvía más denso, cargado de un magnetismo que erizaba el vello de sus brazos. No había antorchas; las paredes de la gruta natural estaban recubiertas de un musgo bioluminiscente que pulsaba con un ritmo pausado, una luz cian que parecía respirar al u