Capítulo 26 — Dolor y Búsqueda Desesperada
El amanecer apenas se filtraba entre las cortinas pesadas de la casa de la manada, tiñendo el suelo de madera de un gris ceniza. Daren se levantó de su cama, no por voluntad propia, sino empujado por una incomodidad interna que era mucho peor que cualquier despertador. La luz fría de la mañana le resultaba insoportable, pero el dolor sordo y persistente que sentía en su pecho era aún más intenso. No era un dolor físico que pudiera explicarse como un golpe o una herida abierta; era algo que le atravesaba hasta lo más profundo del tuétano, una herida espiritual: un vacío que lo consumía, una punzada fría y aguda que provenía de la ausencia violenta de quien nunca, en el orden natural de las cosas, debería haber perdido.
A su lado, Selene dormía plácidamente. Su respiración era suave, su cuerpo cálido y familiar. Él la había marcado como su compañera, había reclamado lo que la manada esperaba de él—la estabilidad, la fuerza, la obediencia—, pe