Capítulo 30: Sangre divina.
El humo del incienso de sándalo enroscaba sus garras aromáticas alrededor de los príncipes reunidos en la cámara privada del emperador. El aire olía a ritual y a secretos mal enterrados.
El emperador, sentado en su trono de ébano tallado con dragones, observaba a sus hijos con ojos que habían visto demasiadas traiciones.
Ragnar no se inclinó. No esta vez.
— Padre, no podemos ignorar lo que ocurrió hace siete noches —su voz era áspera, como el roce de una cadena— el pueblo linchó a Aisha. La ll