Después de un rato, Lena abrió los ojos con lentitud.
Un murmullo lejano, la sensación de su propio aliento entrecortado y un dolor constante en el costado derecho fueron lo primero que registró. La cabeza le pesaba, sentía su garganta reseca. Y un leve quejido se escapó de sus labios al intentar incorporarse. Estaba en la cama de su habitación en la mansión Lancaster.
—Ni se te ocurra levantarte, jovencita —dijo la voz firme pero tranquila de Branwen.
Lena giró el rostro con dificultad y vio a