Kerem apretó con fuerza el brazo de su madre mientras la guiaba fuera de la habitación de la servidumbre. Su rostro estaba tenso, sus labios eran una línea dura. Celeste se resistía, aunque no con suficiente fuerza como para soltarse.
—Suéltame, Kerem. Estás haciendo una escena delante de los empleados —espetó entre dientes, indignada.
—Tú fuiste quien comenzó este malditø teatro, madre —murmuró con voz baja, pero helada, mientras caminaban por el pasillo —obligando a su madre a guiarlo— Su