Las siguientes semanas fueron un abismo lento para Lena.
No un vacío ruidoso, sino un silencio que pesaba más que cualquier palabra.
Cada mañana se levantaba con el mismo pensamiento: subir a un avión, volar hasta Suiza, abrir la puerta del hospital donde Kerem debía estar y asegurarse de que respiraba bien, de que no estaba solo, de que no se arrepentía. Pero luego venía la otra voz, la fría, la que repetía con exactitud las palabras de Oliver: no puedes ir, Lena. Él lo decidió así. Nadie deb