Lena abrió los ojos lentamente, desorientada por un instante. La claridad que se filtraba por las cortinas la obligó a parpadear varias veces hasta acostumbrarse a la luz tenue de la mañana. El calor a su lado la hizo girar la cabeza, y ahí estaba él: Kerem, con el torso descubierto, respirando de forma acompasada, como si el mundo entero no pudiera alterar la calma de su sueño.
Por primera vez desde que lo conocía, lo veía así de quieto, sin el peso de sus palabras firmes ni de esa presencia qu