Mundo ficciónIniciar sesiónEl edificio Blackmoon la hizo tensarse apenas cruzó las puertas. No era el tamaño, era el peso del lugar. Poder. Jerarquía. Territorio del Alfa.
—Respira — le dijo Nyx manteniéndose alerta. Las miradas llegaron en cuanto dijo su nombre en la recepción. Curiosas. Medidas. Nada amistosas. —Señorita Stormpaw. Piso doce. Lyra tomó su gafete y avanzó sin bajar la cabeza. El ascensor subió en silencio. Al abrirse las puertas, las conversaciones se apagaron lo justo para que lo notara. Una mujer de cabello oscuro se acercó con una tablet en la mano. —Lyra Stormpaw —confirmó sin sonreír—. Soy Elianne, supervisora del área. Sígueme. No hubo bienvenida. Lyra lo agradeció. —Antes de empezar —añadió mientras avanzaban—, aquí no hay tratos especiales. Todos responden por resultados. Lyra sostuvo su mirada. —Eso es lo que busco. Elianne asintió y la llevó hasta la mesa central. —Lyra se integra hoy al equipo al equipo de investigación y desarrollo. Seis pares de ojos la evaluaron en silencio. —¿La sobrina adoptiva del Alfa? —preguntó uno de los hombres—. ¿Eres una omega? —Sí —respondió Lyra, sin bajar la mirada. —Entonces no es coincidencia que estés aquí —dijo otra mujer, cruzándose de brazos. —Eso no es relevante —cortó Elianne. —Para nosotros sí. Esto no es caridad. Ahí estuvo el primer golpe. Lyra respiró hondo. —No estoy aquí por lástima. Si no doy la talla, pueden señalarlo. Pero no antes. —Eso dices. —Y lo demostraré. Nyx rugió bajo. Las horas siguientes no probaron su capacidad, sino su resistencia. Comentarios con filo. Miradas constantes. Errores ajenos dejados a propósito sobre su escritorio. Cuando un reporte mostró una discrepancia mínima, no tardaron en atacarla. —Sabía que pasaría. — dijo alguien. —El error viene de la fuente —respondió Lyra—, no del análisis. —Siempre hay excusas cuando se es familia del Alfa. Elianne se acercó. —¿Estás segura? —Sí —afirmó—. Y puedo demostrarlo. Lo hizo. Sin titubeos. Entonces el aire cambió. Nyx se irguió. Aldric Blackmoon había entrado. El murmullo murió. Las miradas se apartaron. —¿Hay algún problema? —preguntó. Y nadie se atrevió a responder. Su voz no fue alta. No lo necesitó. Nadie respondió. Aldric recorrió la pantalla con la mirada, luego al equipo. El silencio se volvió opresivo. —Aquí no se juzga por rumores —dijo—. Ni por apellidos. ¿Entienden? Se giró apenas hacia ella. —Continúen —ordenó—. Stormpaw, ven conmigo. El pulso de Lyra se disparó. Años sin verlo… y bastó un segundo para recordar lo peligroso que era estar tan cerca de él. El corazón de Lyra dio un vuelco. No lo hagas, advirtió Nyx. No confundas esto. Aldric no esperó respuesta. Caminó hacia su oficina con esa seguridad que siempre la había desarmado. Lyra lo siguió, consciente de cada paso, de cada recuerdo que regresaba sin permiso, de lo cerca que estaba de algo que nunca había podido tocar. La puerta se cerró detrás de ellos. El silencio cayó pesado, cargado. No era un silencio vacío, sino uno que parecía llenarse de cosas que ninguno se atrevía a decir. Aldric se giró por fin. Demasiado cerca. O quizá era su cuerpo el que recordaba exactamente cómo reaccionar ante él. —Buen trabajo —dijo, en voz baja. Privado. Íntimo. El tono le recorrió la piel como un roce indebido. Lyra tragó saliva. —Gracias… Alfa —respondió, obligándose a no retroceder, a no dar ese paso que su cuerpo pedía. La mirada de Aldric se detuvo en ella un segundo más de lo necesario. No era la del Alfa. Ni la del jefe. Era algo más oscuro. Más peligroso. —No voy a permitir que te usen como blanco —continuó—. Pero tampoco voy a protegerte de todo. —No lo espero —replicó ella, aunque su pulso la traicionaba. Sus miradas se atraparon. Un segundo. Dos. La tensión se tensó como un hilo a punto de romperse, como si ambos estuvieran conscientes de lo fácil que sería cruzar una línea… y de lo imposible que sería volver atrás. —No seas tonta, insistió Nyx. Que te defendiera no significa nada. Lyra dio un paso atrás, buscando aire. —Si no hay nada más… La puerta se abrió interrumpiendola. —Aldric, te traigo los documentos… Mira Ravenshade entró con paso seguro. Se detuvo apenas vio a Lyra. Sus ojos recorrieron la escena: la cercanía, el silencio, la energía suspendida entre ambos. Sonrió. No con amabilidad. —Vaya —dijo—. No sabía que estaban solos aquí. Lyra sintió el golpe directo al pecho. —Ya me iba —respondió. Mira se acercó a Aldric, demasiado cerca. Su mano rozó su brazo al entregarle los papeles. El gesto fue breve. Íntimo. Territorial. Lyra no necesitó imaginar demasiado. La imagen se formó sola. Aldric inclinado hacia Mira. Besos. Susurros. Algo más íntimo. Algo que nunca fue suyo. Nyx aulló bajo. —Con permiso —dijo Lyra, alejándose. No miró atrás. Pero más tarde, cuando fue al baño para despejar la mente y se lavaba las manos, la puerta se abrió. Lyra alzó la vista justo cuando Mira entraba. Las otras lobas presentes se tensaron al instante; no dijeron nada, simplemente salieron, como si una presión invisible las hubiera expulsado del lugar. El silencio se volvió denso. Mira se acercó al lavabo contiguo y la observó a través del espejo. —Quiero dejarte algo claro cachorra —dijo con voz suave—. Yo soy la Luna de esta manada. Lyra cerró la llave con calma. —Lo sé. —Entonces compórtate como alguien que lo entiende —continuó, dando un paso más cerca—. No vuelvas a quedarte a solas con Aldric. Nyx gruñó, alerta. —Él me llamó —respondió Lyra, firme, sin dejarse intimidar. —Si cruzas límites que no te pertenecen, sabrás exactamente por qué fui elegida como Luna de esta manada —replicó Mira. No elevó la voz. No fue necesario. La amenaza quedó suspendida en el aire. Lyra sostuvo su mirada sin retroceder. —Solo vine a trabajar. Mira sonrió, fría, sin rastro de humor. —Eso espero. Porque este territorio ya tiene dueña. La puerta se cerró tras ella. Lyra exhaló despacio, como si apenas entonces recordara cómo respirar. La empresa Blackmoon no era solo territorio peligroso. Sino que algo dentro de ella acababa de despertar. No iba a huir. No iba a agachar la cabeza. Iba a hacerse respetar. Iba a demostrar lo que valía. Nyx aulló en su interior, firme, presente. Y Lyra supo que ese respaldo —el suyo propio, el de su loba— era todo lo que necesitaba.






