Mundo ficciónIniciar sesiónLas cosas en la oficina no habían mejorado.
Solo… habían cambiado. Pero con la maldición avanzando sobre la manada, nadie parecía tener el tiempo —o la energía— para seguir concentrándose en Lyra como antes. Había algo más urgente. Los fallos de energía. Al principio fueron leves. Un parpadeo de luces. Un monitor que se reiniciaba solo. Luego, apagones breves que detenían reuniones enteras. Y ese día, cuando el ascensor se sacudió con violencia antes de detenerse entre pisos, Lyra supo que no era casualidad. —¿Qué fue eso? —murmuró alguien. Las luces de emergencia se encendieron, bañando el espacio en un rojo inquietante. El ascensor quedó suspendido, inmóvil. —Tranquilos —dijo otro—. Seguro vuelve en unos segundos. No volvió. Pasaron minutos. Después horas. El aire comenzó a sentirse denso. —¿Alguien avisó a mantenimiento? —No hay señal —respondió una mujer, golpeando la pantalla de su móvil—. Nada. Lyra miró hacia arriba. El techo del ascensor no estaba completamente sellado; había una escotilla de servicio. No era ideal. No era seguro. Pero tampoco podían quedarse allí esperando a que alguien notara su ausencia. El aire se acabaría pronto. —Puedo salir —dijo, sin pensarlo demasiado. Las miradas se giraron hacia ella. —¿Qué? No —negó uno de los hombres—. Es peligroso. —Soy la más pequeña —insistió—. Puedo pasar. Si logro llegar al piso, puedo pedir ayuda. Hubo una pausa tensa. —Lyra… —empezó Elianne desde el fondo—. ¿Estás segura? No lo estaba. Pero asintió. Subirse sobre el pasamanos fue más difícil de lo que esperaba. Sus manos temblaban mientras empujaba la escotilla y se impulsaba hacia arriba. El espacio era estrecho, oscuro. El metal estaba frío bajo sus dedos. —Con cuidado —le dijeron desde abajo. Lyra logró salir al hueco del ascensor y se sostuvo contra la pared, buscando apoyo con los pies. El silencio allí era distinto. Entonces, sin previo aviso, el ascensor se movió. —¡No! —gritó alguien desde abajo. El pánico la atravesó de golpe. El cuerpo le reaccionó antes que la mente. Trató de impulsarse hacia arriba, pero el movimiento brusco la desestabilizó. El techo ascendía. Demasiado rápido. Nyx rugió dentro de ella. El mundo se redujo a un solo pensamiento: no quiero morir ahora. El ascensor se detuvo entonces. Como si algo invisible lo hubiera sostenido. Lyra jadeó, con el corazón desbocado. Sus dedos se clavaron en el techo. Estuvo cerca y durante un segundo eterno, nadie se movió. —¿Lyra? —gritó alguien—. ¿Estás viva? —S-sí —respondió, con la voz temblorosa—. Estoy bien. Unos segundos después, manos firmes la ayudaron a descender. Sus piernas apenas la sostenían cuando tocó el suelo. El alivio la venció… y cayó de rodillas. Fue entonces cuando los vio. Frente a las puertas que se abrían del ascensor, había un grupo de personas que no pertenecía a la empresa. No vestían como personal de mantenimiento. No parecían siquiera lobos. Su presencia era… distinta. —Tranquila —dijo uno de ellos. El hombre se inclinó frente a ella y la ayudó a terminar de incorporarse. Sus manos eran cálidas. Firmes. Lyra alzó la vista. No lo conocía. Pero la forma en que la miraba no era casual. No era curiosa. Era directa. Intensa. Como si la hubiera estado buscando. Porque la conocía. —Gracias —murmuró, aún aturdida. Él no sonrió. Solo la sostuvo un segundo más de lo necesario antes de soltarla. —Llegamos a tiempo —dijo uno de los otros, observando el ascensor—. Por poco. —¿Quiénes son ustedes? —preguntó Elianne, tensa. El hombre que parecía liderarlos dio un paso al frente. —Aliados —respondió—. Venimos a ayudar con los desequilibrios que están afectando la zona. Brujos. Lyra no necesitó que lo dijeran. Lo sintió. En la piel. En el aire. Cuando finalmente regresó a casa, el cuerpo le dolía y la cabeza le latía. Al abrir la puerta, se detuvo en seco. Su abuela estaba allí. Aquello era raro. Helena se encontraba de pie en la sala, frente a Dorian y Cassandra. La tensión era palpable, como si Lyra hubiera entrado justo en medio de una discusión acalorada. —Lyra… —dijo Cassandra al verla—. ¿Qué pasó? Fue entonces cuando notaron el polvo en su ropa. El cabello revuelto. Los raspones en sus manos. Todos estallaron al mismo tiempo. —¿Estás bien? —¿Qué te ocurrió? —¿Te lastimaste? Helena fue la primera en llegar a ella. Sus manos la recorrieron con cuidado, evaluando. —Un fallo de energía —explicó Lyra—. El ascensor se detuvo. Luego… se movió. El silencio cayó pesado. —Ve a bañarte —ordenó Dorian, firme—. Luego cenamos y nos explicas con calma. Durante la cena, ya más tranquila, Lyra contó lo sucedido. Cada palabra parecía tensar más el ambiente, sobre todo cuando mencionó al brujo que la había ayudado. —No dejaba de mirarme —admitió—. No de una forma incómoda… solo… como si supiera algo tipo de secreto sobre mí. Helena la observó con atención. —¿Un brujo? —preguntó. —Sí y se veía bastante apuesto. Antes de que pudiera decir más, la puerta se abrió. Aldric entró con paso cansado. Herido. Cubierto de polvo y sangre seca. Mira lo seguía, en condiciones similares. —Han vuelto de Ravenmoon —murmuró Helena, poniéndose de pie—. ¿Cómo fue? —No ahora —respondió Aldric, seco. Sus ojos se detuvieron en Lyra. —¿Qué estabas diciendo? —preguntó. Lyra dudó, pero Cassandra respondió. —Un grupo de aliados ayudó en la empresa. Hubo un fallo grave. Lyra quedó atrapada en un ascensor. Aldric frunció el ceño. —¿Aliados? —Brujos —añadió Lyra. El ambiente se tensó de inmediato. —¿Y tú qué hacías hablando con ellos? —preguntó Aldric, con dureza. Lyra se irguió. —Me ayudaron a salir. Eso es todo. —¿En plena crisis y tú perdiendo el tiempo con un brujo? —espetó—. Acaso eres estúpida ¿Sabes lo que está pasando afuera mientras tú…? —¡Basta! —intervino Helena. Pero el daño ya estaba hecho. Lyra sintió aquellas palabras como un golpe, como una bofetada invisible. Se levantó despacio. —Yo estaba trabajando —dijo, con la voz firme a pesar del temblor—. Y casi muero allí dentro. Aldric la miró. Por un segundo, algo pareció quebrarse en su expresión. Pero se recompuso. —Ten más cuidado —dijo—. Esto no es un juego. Lyra sostuvo su mirada. —A ti que más te importa si solo eres— se detuvo antes de terminar — mi tío... Se dio la vuelta y se retiró, con el corazón ardiendo, sin notar la forma en que Aldric la observó marcharse, rígido, tenso, como si hubiera perdido el control de algo que no estaba dispuesto a admitir. Él apretó la mandíbula, molesto, no por lo que había dicho… sino por habérselo dicho a ella. Lyra, en cambio, no pudo evitar registrar nuevamente de reojo su estado: el cansancio marcado en su postura, la sangre seca en la ropa, las huellas recientes del combate. Por un instante, el impulso de darse la vuelta y regresar junto a Aldric casi le ganó. Pero la presencia de Mira a su lado fue un recordatorio de que no podía. Mira era su compañera. No ella. Ya en su habitación, con la música a todo el volumen y forzándose a no pensar en el Alfa cruel del que estaba enamorada, el recuerdo de la mirada del joven brujo regresó sin pedir permiso. La forma en que la miraba no había sido curiosidad. Ni cortesía. Había sido reconocimiento. Y esa certeza, tan inquietante como peligrosa, se le quedó adherida a la piel. Por primera vez, Lyra entendió que aquel encuentro no había sido casual. Algo se había puesto en marcha… y no pensaba detenerse.






