Destinada a ser Rechazada por el Cruel Alfa
Destinada a ser Rechazada por el Cruel Alfa
Por: Ines
Capítulo 1 — La omega rechazada

Lyra Stormpaw siempre se repetía que era una omega fuerte. Que lo había aprendido demasiado pronto, desde el momento en que su madre biológica la rechazó y la abandonó cuando apenas era una cachorra, sin explicaciones ni despedidas, como si su vida no mereciera ni una sola palabra. Creció creyendo que ese rechazo la había vuelto resistente, que nada podía romperla, y que haber sido acogida por la manada Colmillo Sagrado —con su disciplina, su protección y ese lugar al que pertenecía sin tener que pedirlo— había terminado de moldearla. Pero esa fortaleza, tan cuidadosamente construida, siempre había nacido del mismo sitio: la necesidad de no volver a ser dejada atrás.

Por eso estaba allí, frente a ese ataúd que pasaba frente a ella: no por amor, ni por perdón, sino por respeto a la mujer, que aun de forma cruel e imperfecta, la trajo al mundo… y le enseñó, sin quererlo, a ser una sobreviviente. 

—Lyra…

La voz suave de Helena Blackmoon la sacó de sus pensamientos. La matriarca se colocó a su lado con naturalidad, sin invadir su espacio. Helena siempre sabía cómo acercarse sin romperla, cómo acompañar sin exigir.

—Lo siento —murmuró—. Sé que este día no es fácil para ti.

Lyra giró el rostro y le ofreció una sonrisa breve, automática. Tomó la mano de la mujer a la que había aprendido a llamar abuela, aunque el vínculo entre ellas fuera mucho más profundo que cualquier vínculo de sangre.

—Estoy bien —respondió—. De verdad.

Helena la observó con atención, como si pudiera ver más allá de lo que Lyra estaba dispuesta a mostrar.

—¿Quieres que regresemos a casa?

Lyra negó despacio.

—No. Prefiero terminar con esto de una vez.

No se refería solo al entierro. Ambas lo sabían. Helena asintió y no insistió. Había batallas que Lyra necesitaba enfrentar sola.

—Cuando quieras marcharte, solo dímelo. Estaré más adelante.

—Gracias, abuela.

Helena se alejó, dejándola sola entre murmullos y pasos dispersos. Lyra respiró hondo.

No mires, advirtió Nyx.

Lyra miró.

Aldric Blackmoon estaba a unos metros, inmóvil, con la postura impecable de un Alfa que nunca se permitía flaquear en público. No hablaba. No se movía. Pero estaba allí.

Te dije que no miraras.

—Estás aquí… —susurró Lyra sin darse cuenta.

Durante años, Aldric había sido una constante. No con palabras, no con gestos evidentes, sino con una presencia que nunca se iba. Siempre aparecía cuando ella más lo necesitaba. Siempre intervenía cuando alguien cuestionaba su lugar. Siempre la miraba un segundo más de lo necesario… o eso había creído ella.

Ahora ella tenía veintiún años. Ya no era una niña confundida. Ya no era una omega que se aferraba a ilusiones.

Díselo, insistió Nyx. Si no lo haces ahora, nunca lo harás.

Aldric levantó la vista y la miró.

El contacto fue breve. Pero suficiente.

Lyra sintió el impulso antes de pensarlo. Caminó hacia él, con el corazón golpeándole el pecho.

—Aldric.

Él giró apenas el rostro.

—Lyra.

—Gracias por venir —dijo ella—. No tenías que hacerlo.

—Era lo correcto.

—¿De verdad? —preguntó, esperanzada.

Aldric la observó con atención.

—Para la manada y para nuestra familia claro.

Lyra apretó los labios.

—¿Podemos hablar? —pidió—. A solas.

Hubo una pausa. Un segundo. Dos.

No, retrocedas, murmuró Nyx.

—Está bien —aceptó él.

Se alejaron unos pasos. No lo suficiente para desaparecer, pero sí para que el mundo pareciera quedar atrás.

Lyra se detuvo decidida a enfrentar sus sentimientos.

—No tienes que seguir fingiendo —dijo, directa.

Aldric frunció el ceño.

—No sé a qué te refieres.

—Sí lo sabes —replicó ella—. Tengo veintiún años. Ya no soy una niña que confunde todo. Es evidente lo que sientes. Lo que has sentido siempre.

Nyx se tensó, su loba estaba igual de emocionada que ella.

—Lyra —advirtió Aldric—. Estás interpretando cosas que no existen.

—No es cierto —insistió—. No puedes decir que no existe cuando siempre estás ahí. Cuando me miras como si… —tragó saliva—. tu lobo me eligiera.

Aldric dio un paso atrás.

No fue brusco. No fue violento.

Fue frío.

—Nada de eso es real —dijo—. Todo eso está solo en tu mente.

Las palabras no fueron elevadas. No hubo enojo.

Y, aun así, la herida fue profunda.

—¿Entonces qué soy para ti? —preguntó Lyra, con la voz quebrándose—. ¿Nada?

—Eres una omega de mi manada, hija adoptiva de mi hermana —respondió él—. Y mi deber es proteger a todos. Nada más.

Ahí está, susurró Nyx con amargura. Escúchalo negando lo que siente por ti.

—¿Eso es todo? —Lyra sintió cómo el calor le subía al rostro—. ¿Todos esos años… no significaron nada?

—No confundas protección con sentimientos —continuó Aldric—. No te debo explicaciones. Y no voy a aceptar que insistas en algo que nunca existió.

La vergüenza cayó como un peso insoportable.

Lyra se dio cuenta de que había avanzado hacia él. De que sus manos temblaban intentando tocarlo. De que, si alguien los veía, la confesión de sus sentimientos era evidente.

—Lo siento —susurró—. Fue un error pensar que…

—Sí —cortó él—. Lo fue. Te repito tu solo eres una omega.

Ese fue el golpe final.

—Aldric.

La voz de Mira Ravenshade, la hija del beta irrumpió sin aviso.

Lyra giró el cabeza justo a tiempo para ver cómo ella se acercaba y tomaba el brazo de Aldric con naturalidad. Demasiada.

¿Desde cuándo son tan cercanos?, se preguntó, con el pecho apretado.

—Pensaba esperar hasta mañana —dijo Aldric con tono frio—, pero bueno… como eres mi sobrina, ¿qué más da?

Lyra parpadeó.

—¿Esperar qué? —preguntó Mira, con falsa ingenuidad.

Aldric no respondió de inmediato.

—He decidido nombrarte mi Luna —dijo finalmente.

El mundo se detuvo.

Mira abrió los ojos, sorprendida.

—¿Tu Luna? —repitió—. ¿De verdad?

Lyra sintió que el aire le faltaba.

—Vete a casa, Lyra —ordenó Aldric, sin mirarla—. Ya cumpliste más que suficiente con la mujer que te trajo al mundo. No tienes nada más que hacer aquí.

Luego se marchó con Mira del brazo y, aunque Lyra habría podido jurar que volteó a verla antes de irse, la forma en que Nyx aulló en su interior le confirmó que debía dejar de soñar despierta.

No supo en qué momento empezó a llorar. Solo sintió los brazos de Helena rodeándola.

—Abuela… —sollozó—. Por favor.

—Shh… estoy aquí.

—No le digas a nadie —suplicó—. A nadie lo que viste. Por favor que me muero de dolor y vergüenza.

Helena la sostuvo con más fuerza.

—No lo haré —prometió—. Jamás.

Lyra cerró los ojos.

La omega fuerte que creía ser había desaparecido.

Y el dolor de ser rechazada por el cruel Alfa apenas comenzaba.

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