Capítulo 4 — La maldición avanza

Aldric llevaba tres días evitándola.

Para cualquiera habría pasado desapercibido. Para Lyra, no.

Ella lo sentía en el pecho, como una presión constante, como si su nombre se hubiera vuelto incómodo de pronunciar. Como si su sola presencia alterara algo que él se esforzaba por mantener bajo control.

Por eso, cuando dio la orden, la tomó completamente por sorpresa.

—A partir de hoy —anunció el Alfa frente a todos—, Lyra quedará bajo mi supervisión directa.

El silencio que siguió fue breve, pero espeso.

Lyra alzó la vista de golpe.

Aldric no la miró.

—¿La tuya? —intervino Mira, visiblemente molesta—. ¿No sería más práctico asignarla a…

—No —la interrumpió Aldric, firme—. Su posición requiere control cercano. Es una decisión administrativa.

Administrativa.

La palabra le supo amarga a Lyra mientras tragaba saliva.

Y las semanas que siguieron confirmaron lo que su instinto ya le advertía: trabajar bajo la supervisión directa de Aldric era una tortura silenciosa.

Lo notaba en los detalles. En cómo él se tensaba cuando ella se acercaba demasiado al escritorio. En la forma en que su respiración se alteraba apenas ella pasaba a su lado. En esos segundos de más en los que su mirada quedaba atrapada en la de ella… antes de apartarse con brusquedad, como si se hubiera permitido demasiado.

Lyra intentaba concentrarse. De verdad.

Pero había algo en el aire que la desarmaba.

—No es tu compañero —le recordó Nyx—. Ya te dijo que no quiere nada contigo. Que todo está en tu mente.

Lyra no sabía cómo explicarlo. Solo sabía que, cuando estaba cerca de él, todo se intensificaba. El silencio pesaba más. El espacio se volvía reducido. Su propia piel parecía demasiado consciente de sí misma.

Por su parte, sin que ella lo supiera Aldric lo percibía todo.

El rastro que Lyra dejaba al moverse era imposible de ignorar. No era solo un aroma: era una presencia. Algo que despertaba a su lobo con una violencia peligrosa. Su cuerpo reaccionaba antes de que su mente pudiera recordarle las reglas. El deber. La decisión que ya había tomado.

Hubo un momento —breve, imperdonable— en el que sus dedos rozaron los de ella al pasarle un informe.

Fue apenas un contacto.

Pero Aldric se apartó como si lo hubiera quemado.

—Mantén distancia —ordenó, con voz baja y fría.

Lyra se quedó inmóvil.

—Lo… lo siento —murmuró, retrocediendo un paso.

Él no respondió. Se giró, apoyó ambas manos sobre la mesa y respiró hondo.

Lyra bajó la mirada.

Claro.

Otro rechazo.

Más tarde, mientras organizaba documentos en el pasillo contiguo al despacho principal, escuchó voces.

No pretendía espiar. Simplemente… se detuvo.

—Nunca debí permitir que entrara a esta oficina. Es un desastre, ya no lo soporto.

La voz de Aldric era inconfundible.

Lyra sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.

—Fue un error —continuó él, cargado de frustración.

No escuchó más.

No pudo.

Las palabras se le clavaron en el pecho con crueldad.

Nunca debí permitir que entrara a esta oficina. Es un desastre. Ya no lo soporto.

No necesitó contexto. No necesitó explicaciones.

—Hablaba de nosotros —afirmó Nyx.

Del error que era su presencia. De lo inconveniente que resultaba. De lo mucho que lamentaba haberla dejado entrar… a la oficina. A su vida.

Lyra se alejó en silencio, con pasos que no hacían ruido, pero que resonaban dentro de ella como un eco interminable.

Sin embargo esa noche, el sueño la atrapó sin previo aviso.

Estaba en un claro que no reconocía, bañado por una luz plateada irreal. El aire vibraba, cargado de algo poderoso. Aldric estaba frente a ella, diferente. Más salvaje. Más real.

—Lyra —pronunció su nombre como una promesa.

Ella no huyó.

No quiso.

Se acercó, incapaz de detenerse, como si su cuerpo recordara algo que su mente había olvidado. Él la sostuvo por la cintura, firme, seguro. Su mirada ardía con una intensidad que le robó el aliento.

—Eres mía —dijo.

No fue una orden.

Fue una verdad.

Cuando inclinó la cabeza hacia su cuello, Lyra jadeó.

No hubo dolor. Solo una sensación abrumadora de pertenencia. De finalmente no ser rechazada. De ser elegida. Marcada.

Despertó sobresaltada.

El corazón le latía con fuerza. La habitación estaba en silencio, pero su piel… ardía.

Llevó la mano al cuello.

No había marcas.

Nada visible.

Y aun así, el calor persistía, como un recuerdo imposible de borrar.

—Solo un sueño —dijo Nyx.

Lyra se incorporó lentamente, con la respiración entrecortada.

Nunca había sido tocada de esa manera.

Nunca había sido reclamada.

Entonces, ¿por qué sentía que algo dentro de ella había cambiado para siempre?

Al mismo tiempo, en la residencia del Alfa, Aldric también despertó, con el mismo ardor bajo la piel y el nombre de Lyra grabado en lo más profundo de su lobo.

Y ese ardor fue lo primero que lo puso de mal humor.

—Se sintió muy real —gruñó Ivar, que también había sentido el peso de la loba de Lyra contra él, la certeza de su presencia, la calma salvaje de tenerla allí… solo para abrir los ojos y encontrar el vacío.

Aldric se incorporó con brusquedad, se pasó una mano por el rostro y salió de la habitación antes de permitir que el pensamiento de Lyra se afianzara demasiado.

Fue entonces cuando la vio.

Mira estaba frente a su puerta, perfectamente erguida, como si hubiera estado esperando ese instante. Vestía con la elegancia propia de una Luna, pero en sus ojos había algo más: expectativa… y exigencia.

—Aldric —lo llamó, dando un paso hacia él—. Necesitamos hablar.

Él no se detuvo.

Pasó a su lado como si no la hubiera escuchado.

Ese gesto, pequeño pero deliberado, fue suficiente para encenderla.

—¿Vas a seguir evitándome? —le espetó, siguiéndolo—. Llevamos cuatro años juntos. Soy tu Luna. Esto no puede seguir así.

Aldric apretó la mandíbula.

Dormían en habitaciones separadas. Siempre había sido así. Aunque la había reconocido ante la manada, aunque la había marcado para que el vínculo por elección estuviera sellado, nunca había cruzado esa línea. Nunca se había atrevido a consumar una relación que no nacía del destino… ni del deseo verdadero.

—No es el momento —respondió sin mirarla.

—¿Entonces cuándo? —exigió Mira, plantándose frente a él—. La manada murmura. Necesitamos cachorros y lo sabes.

Él alzó la mirada por fin. El frío en sus ojos la hizo vacilar.

—No me presiones.

—No es presión —insistió ella, ahora más cauta—. Si quieres que crean que somos una pareja real, debemos consumar el vínculo.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Antes de que Aldric respondiera, pasos apresurados resonaron en el corredor.

—Alfa —dijo Bram, su beta padre de Mira—. ¿Está todo bien?

—Todo bien, padre —interrumpio Mira de inmediato.

—¿Qué sucede, Bram? —preguntó Aldric, sin ocultar su molestia ante la actitud de Mira.

—Necesito que vengan conmigo. Ahora.

—¿Qué es tan urgente? —preguntó Aldric.

Bram dudó un segundo.

—Tienen que verlo por ustedes mismos.

Aldric no pidió más explicaciones. Giró sobre sus talones y se dirigió hacia la salida. Mira quedó atrás, con los labios apretados y la mirada clavada en su espalda.

En cuanto cruzó el umbral, lo sintió.

El aire era distinto. Más pesado. Cargado de una energía que erizaba la piel.

Alzó la vista.

En el horizonte, una nube negra avanzaba lentamente, devorando la luz. No era una tormenta común. Se movía con intención, extendiéndose desde el Condado de Ravenmoon, territorio de la manada Colmillo Umbrío, hacia ellos.

—La maldición, — confirmo Ivar en su mente.

Mucho más cerca de lo que habían previsto.

Aldric gruñó con furia.

—¿Cuándo apareció? —preguntó, sin apartar la mirada.

—Hace menos de una hora —respondió Bram—. Los vigías apenas tuvieron tiempo de avisar.

Aldric respiró hondo. El deseo, el sueño, la frustración… todo quedó relegado por su deber de Alfa.

—Llama a las tropas —ordenó—. A todas. Que se preparen para movilizarse de inmediato.

Mientras la oscuridad avanzaba, su lobo en el siguió gruñendo, inquieto.

Como si supiera que no solo la manada estaba en peligro.

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