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Capítulo 2 — La oportunidad que duele

Cuatro años después...

Lyra se quedó inmóvil, con las manos apoyadas en la mesa como si el mundo hubiera cambiado de peso de un segundo a otro.

—¿Qué opinas Lyra?

La voz de su padre adoptivo llegó hasta ella, firme, serena. No hacía falta que repitiera nada. Dorian Nightfall no bromeaba con decisiones importantes. Nunca lo había hecho. Y eso, lejos de tranquilizarla, le aceleró el pulso.

¿Lo oíste?

La voz de Nyx se alzó en su interior, suave, atenta.

No es un sueño.

Lyra tragó saliva. Durante cuatro años se había entrenado, estudiado, exigido más de lo que muchos esperaban de una omega. Aun así, la incredulidad le apretaba el pecho.

—Solo soy una omega… —murmuró, más para sí misma que para ellos. —Ese puesto parece demasiado alto. 

Sintió la cercanía de Dorian, no invasiva, solo presente. Y luego la voz de Cassandra, su madre adoptiva, envolviéndola con esa seguridad que siempre la hacía sentir confiada.

Ellos creían en ella. Eso nunca estuvo en duda.

Lo que sí lo estaba… era ella misma.

Sigues pensando que no perteneces, susurró Nyx. Como si cada logro fuera prestado por lo que  pasó.

Lyra cerró los ojos un segundo. No porque no quisiera el puesto. Al contrario. Trabajar en la empresa Blackmoon había sido su mayor anhelo.

Desde que estar junto a él se volvió imposible.

—Aceptaré —dijo al fin, con una convicción que le sorprendió incluso a ella—. No podría quedarme aquí sabiendo que tengo esta oportunidad y no la aproveche.

Nyx guardó silencio. 

Porque aceptar aquel trabajo no era solo un paso profesional. Era volver a colocarse frente a Aldric Blackmoon. Frente al Alfa que la había rechazado sin levantar la voz… y aun así la había dejado rota.

Y, peor aún, implicaba verla a ella.

Mira.

El nombre apareció como una herida abierta.

Si trabajas allí, los verás, advirtió Nyx.

No rumores. No suposiciones. Escenas reales. Miradas que no te pertenecen.

Lyra sintió un nudo en la garganta. La imagen se formó sola, cruel y vívida: Aldric inclinado hacia Mira, hablándole en voz baja, tocándola con esa cercanía que antes Lyra había confundido con algo exclusivo entre ellos dos. Con algo que creyó… suyo.

¿Podrás soportarlo? le dijo Nyx ¿Podrás verlo elegirla todos los días?

La euforia inicial comenzó a resquebrajarse. No lo notó hasta que Cassandra la llamó por su nombre.

—Estoy nerviosa —admitió Lyra, apretando los dedos—. Solo… prométeme que no intercediste por mí.

El gesto de su madre fue el de siempre: una caricia breve en la mejilla, firme, honesta.

No necesitaba que se lo dijera. Cassandra nunca la había empujado hacia lugares donde no pudiera sostenerse sola.

—Las puertas las abriste tú —le recordó—. Y tendrás que demostrarlo como todos.

Lyra respiró hondo. Quería que la aceptaran por su talento. No por ser la sobrina del Alfa. No por lástima. Y mucho menos por aquel error del pasado: haber creído que el amor que sentía había sido compartido.

No es solo la empresa, dijo Nyx con crudeza. Es el riesgo de volver a sangrar.

—Iré —afirmó Lyra, más para sí misma que para ellos—. Y demostraré que merezco estar allí.

Pero incluso mientras lo decía, sabía la verdad.

Estar cerca de Aldric sería lo más maravilloso…

y lo más doloroso que podía permitirse.

Aun así, aceptaba el lugar.

Porque huir ya no era una opción.

Muy lejos de allí, en el edificio principal de la empresa Blackmoon, la situación era distinta.

—¿Aceptaste que se integrara como pasante? —preguntó Aldric con voz grave y tensa.

Helena su madre permanecía de pie frente a él, con los brazos cruzados y la mirada firme.

—Lo hice —respondió ella—. Y lo hice porque creo que tiene el potencial para el puesto. 

Aldric se tensó.

—Sabes que te amo, madre —dijo—. Pero no debiste hacerlo.

Helena se sentó frente a él, observándolo con atención.

—¿Tienes miedo de ella, Aldric? —preguntó—. ¿De lo que es realmente para ti? ¿De lo que rechazaste usando medios sobrenaturales?

Aldric apretó la mandíbula.

—No de ella—respondió—. Solo tengo miedo de que sufra nuevamente si se entera de la verdad.

Helena suspiró.

—Mira es mi Luna —dijo finalmente Aldric—. Y no puedo darle a Lyra lo que la Diosa dictó para nosotros.

—Ella no viene por eso —replicó Helena—. Y mientras tu hermana le siga dando el brebaje que prepararon las brujas ni siquiera imaginara la verdad de su vínculo contigo. Viene por trabajo. La he visto esforzarse a lo lejos como pocos. No hay razón para negarle esta oportunidad.

Aldric guardó silencio.

—Aceptaré que esté en la empresa —dijo al final—. Y quiero que siga siendo parte de la familia Blackmoon. Pero nadie puede enterarse de que usé magia para impedir que descubriera que es mi pareja destinada. No puedo estar con una omega. La manada necesita mi alianza con una loba fuerte como Mira para no sucumbir a la maldición que nos amenaza.

Helena sonrió sin alegría.

—Empieza el lunes.

Cuando la noche cayó sobre la manada, Aldric se recluyó en su residencia.

A solas, lejos del peso del título de Alfa y de cualquier mirada ajena, dejó de fingir.

La verdad era simple.

Y peligrosa.

Había amado a Lyra mucho antes de permitirse reconocerlo.

El vínculo despertó cuando ella cumplió dieciocho años. Pero la maldición que amenazaba a las manadas de la región exigía una alianza firme, estratégica. Mira representaba esa salvación. Lyra, en cambio, era su debilidad.

El vínculo con ella era real. Profundo. Imposible de ignorar… salvo mediante magia.

La amaba.

La deseaba.

La admiraba.

Pero no podía amarla como un Alfa ama a su Luna.

Elegirla significaba condenar a la manada. Decírselo significaba exponerla, volverla vulnerable, poner en riesgo una vida que ya era frágil.

Así que como cada noche elegía la magia por encima del destino.

Con el brebaje entre los dedos —el mismo que había ordenado a su hermana usar en Lyra—, Aldric lo llevó a sus labios sin vacilar.

El líquido se deslizo por su garganta.

Entonces, en lo más profundo de su ser, Ivar aulló con furia, recordándole la verdad que ningún hechizo podía borrar:

— Negar el vínculo no lo rompe. ¿Por qué crees que se te confesó?

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