El verano en los Pirineos trajo consigo una tregua efímera. Los torrentes furiosos del deshielo se convirtieron en arroyos cristalinos, y los prados altos se cubrieron de una alfombra de flores silvestres que contrastaba con la crudeza de la piedra gris. Para la comunidad que rodeaba a Larissa, la vida había encontrado un ritmo civilizado. Los viejos estigmas de alfa y omega se desvanecían lentamente bajo las nuevas ordenanzas de cohabitación y derechos civiles, convirtiendo el refugio en un sa