El silencio que descendió sobre el porche de la cabaña tras el grito ahogado de Nathan no fue el de la paz recuperada, sino el de la calma tensa que precede al desgarro de la carne. Para Nathan Dubios, el mundo tal como lo conocía se había contraído a las dimensiones exactas de aquel umbral de madera. Su mente, habitualmente afilada como un bisturí y estructurada con la precisión de un engranaje de relojería, se encontraba sumida en un estado de turbulencia biológica que desafiaba cualquier int