El humo de la pólvora aún no se había disipado en el refugio de la montaña cuando un silencio antinatural, denso y cargado de una presión barométrica asfixiante, descendió sobre el lugar. Larissa, con las dagas aun goteando el plasma espeso de los mercenarios caídos, congeló sus movimientos. Su instinto de Loba, recién despierto, le dio una señal de alarma mucho más primitiva que el ruido de los helicópteros.
El aire se saturó con un aroma a tabaco seco, ceniza y un Alfa dominante de la vieja e