Mientras estaba perdida en mis pensamientos, Bruno se acercó corriendo y me abrazó fuerte.
—¡Malena, volviste! ¡Sabía que no nos ibas a abandonar! Qué bueno que regresaste, ahora podemos estar juntos otra vez como una verdadera familia y… —dijo, pero no lo dejé terminar.
Enseguida lo aparté con firmeza.
—Señor Salazar, está equivocado. Soy la psicóloga que lleva el caso de su hijo. Usted solo es el familiar de mi paciente.
—¿Mi hijo…? —preguntó, asustado con desesperanza.
Me miró, pero ese homb