El aire dentro del ascensor parecía asfixiar a Amanda. No sabía si era por la humillación recién vivida o por la presión en el pecho que sentía desde que Elizabeth la había desterrado de su propia oficina, de su propio futuro... de todo lo que había construido. Aquella mezcla corrosiva de rabia, pena y vergüenza la hacía respirar como si hubiese corrido kilómetros. Cuando las puertas del ascensor se abrieron hacia el estacionamiento subterráneo, una bocanada de ese olor frío a cemento la golpeó de lleno. Amanda avanzó con pasos lentos, casi torpes. Sus ojos estaban nublados, no llorando, pero sí presionados por un dolor punzante que se negaba a liberarse. El chofer la esperaba al lado de la camioneta negra, rígido y silencioso, con las manos cruzadas por detrás. Lo único que Amanda quería era subir, perderse en ese asiento de cuero y dejar que todo se hundiera lejos, muy lejos. Trató de abrirle la puerta, pero Amanda lo detuvo.
— No es necesario, puede subir al vehículo, yo tengo otro