Elizabeth Carrasco observaba la ciudad desde el ventanal del despacho de Gabriel Sousa. El atardecer teñía los edificios de un tono cobrizo, pero nada de aquella belleza lograba calmar el pulso acelerado que golpeaba en sus sienes. Había pasado la noche en vela, repasando escenarios, midiendo riesgos, tratando de anticiparse a un hombre que no respondía a súplicas ni a culpas.
Gabriel estaba de espaldas, sirviéndose una copa con la tranquilidad de quien no teme a nada. Su silueta era firme, segura, peligrosamente cómoda en el caos que él mismo había creado. Para Elizabeth haber dado con él era un milagro.
—Esto se está saliendo de control —dijo Elizabeth al fin, rompiendo el silencio—. Amanda ya no está sola. Es peligroso incluso para ti.
Gabriel sonrió sin girarse.
—Nunca lo estuvo —respondió—. Solo que ahora tú lo recuerdas.
Elizabeth apretó los dedos alrededor de su bolso.
—Jared Davenport —continuó—. Está detrás de ella. Si esto sigue, no solo caerá Amanda. Caeremos todos.
Gabriel