El bar estaba sumido en una penumbra espesa, como si la luz hubiera decidido no insistir. Jared Davenport ocupaba un extremo de la barra, con el cuerpo inclinado apenas hacia adelante, los antebrazos apoyados sobre la madera oscura y un vaso de whisky frente a él que ya no contaba como el primero… ni como el segundo.
Había perdido la cuenta.
El líquido ámbar descendía lento por su garganta, quemando lo justo como para recordarle que aún estaba despierto. O quizás para intentar convencerlo de que podía anestesiar algo que no se dejaba apagar.
El azul de sus ojos era distinto esa noche. Más oscuro. Más filoso. Como si mirara sin ver, como si el mundo frente a él fuera apenas un decorado mal montado.
Cerró los ojos. Dos segundos. Fue suficiente.
Amanda.
El recuerdo de su esposa lo golpeó con violencia, como una ola inesperada. Su expresión. Su voz quebrada. La forma en que había permanecido de pie frente a él, digna incluso cuando él había decidido destruirla con palabras.
Jared a