Amanda trago saliva. Él estaba apoyado contra la isla de mármol, con una copa en la mano, observándola como si hubiera sabido que ella bajaría. El traje oscuro seguía impecable, pero la chaqueta estaba abierta, la corbata ausente. Parecía peligrosamente cómodo en su territorio.
Amanda no sabía que hacía él aún con traje y en la cocina. Sus ojos verdes se encontraron con los azules de él, y el mundo pareció encogerse hasta reducirse a ese espacio entre ambos.
—¿Siempre huyes así? —preguntó Jared, con voz baja.
Amanda tragó saliva.
—No estoy huyendo —respondió, forzando firmeza—. Este lugar también es mío. Se supone que estamos casados y.
Jared alzó una ceja, divertido.
—Todavía no te lo crees —dijo—. Pero lo será. Nada más lo dices ahora para no perder terreno ante mi, pero yo sé que te cuesta aceptar que eres mi esposa.
Dejó la copa sobre la superficie con un sonido suave y se irguió por completo. El movimiento fue lento, calculado. Cada paso que dio hacia ella parecía medir el terren