La noche había caído sobre la ciudad como un manto pesado y oscuro. No había estrellas. La luna se ocultaba detrás de nubes grises que presagiaban tormenta. El auto de Damián se deslizó silenciosamente por la avenida vacía hasta detenerse frente a la imponente mansión de los Benedetti.
Luisa bajó con el cuerpo pesado, los huesos adoloridos, la mente agotada como si hubiera cargado piedras todo el día. Sus hombros estaban caídos. Sus ojos, vidriosos. La reunión había sido un éxito en lo profesio