Pasaron los días. Pasaron las semanas. La rutina de Luisa se volvió un torbellino de reuniones, documentos, estrategias y números. La empresa de su madre la absorbía por completo. Llegaba tarde a la mansión, a veces después de las diez, a veces después de las once. Erick la esperaba, al principio con paciencia, luego con impaciencia, luego con furia contenida.
—¿Otra vez tarde? —preguntaba él, desde el sillón de la sala, con una copa de whisky en la mano y una expresión que ya se había vuelto f