La puerta de la mansión se abrió con un empujón suave. Damián ayudó a Luisa a cruzar el umbral, sosteniéndola del brazo para que no tropezara. Sus mejillas estaban sonrosadas por el alcohol, sus ojos brillaban con esa luz que solo la noche y la música podían encender. El cabello se le había soltado, cayendo en ondas desordenadas sobre sus hombros. La blusa, que antes estaba impecable, ahora llevaba los primeros botones desabrochados, dejando ver el inicio de su clavícula.
—¿Estás bien? —pregunt