La noche seguía siendo la misma. Oscura. Profunda. Cómplice de los secretos que se tejían en cada rincón de la ciudad. En el apartamento de Damián, el silencio era absoluto. Solo se escuchaba la respiración agitada de él y los latidos del corazón de ella, que no paraban de acelerarse.
Luisa estaba acostada en el pequeño sofá del estudio, con una manta delgada cubriéndole el cuerpo. Había intentado dormir, pero algo no la dejaba. Cada pocos minutos abría los ojos, miraba hacia la cama, y volvía a