La noche seguía siendo la misma. Oscura. Profunda. Cómplice. Pero dentro de la habitación de Damián, algo había cambiado. El temblor había cesado por completo. La respiración de él se había vuelto profunda, tranquila, como la de un niño que finalmente encuentra paz después de una tormenta.
Pero Luisa no podía dormir.
Estaba allí, en sus brazos. Envuelta en sus brazos. El cuerpo de él pegando al de ella, el pecho de él contra su espalda, la respiración de él en su nuca, el brazo de él cruzando s