El sábado amaneció con un sol radiante que se filtraba por las cortinas blancas de la habitación. Luisa abrió los ojos lentamente, sintiendo el peso de la noche anterior en los párpados. Había dormido mal. O quizá había dormido bien, pero con sueños extraños que no podía recordar. A su lado, Erick ya no estaba. La cama estaba vacía, las sábanas frías.
Se incorporó. Miró el reloj. Las siete de la mañana. Abajo, se escuchaban voces y risas. El desayuno ya debía haber comenzado.
Se levantó, se duc