El auto se detuvo frente a la casona blanca. Luisa miró por la ventana y sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Era hermosa. Columnas de madera, jardines de flores silvestres, y un camino de piedras que llevaba a una puerta doble de roble. Pero lo que más le llamó la atención fueron las cortinas blancas que ondeaban desde las ventanas del segundo piso. Ligeras, casi etéreas, como velos de novia. Como promesas no dichas.
—Baja —dijo Erick, apagando el motor.
Luisa respiró hondo. Se b