La tarde del sábado cayó sobre la finca como un manto de oro y naranja. El sol se escondía detrás de las montañas, pintando el cielo de tonos que parecían sacados de una acuarela. Las parejas del retiro habían terminado las actividades del día y se dispersaron por los jardines, algunas riendo, otras tomadas de la mano, todas menos una.
Erick y Luisa estaban sentados en extremos opuestos de una banca de piedra, mirando el paisaje sin verlo. El silencio entre ellos era más pesado que las montañas