La noche había caído por completo cuando Luisa escuchó el auto de Erick llegar. El rugido del motor se apagó, luego la puerta, luego los pasos pesados en el recibidor. No eran los pasos de siempre. Eran más lentos, más arrastrados. Como si llevara el peso del mundo sobre los hombros.
Luisa estaba en la sala, con un libro en las manos que no había logrado leer ni una sola página. Su mente seguía en otro lugar. En el sótano de la casa de su padre. En el baúl de su mamá. En las palabras de Damián