El taxi se detuvo frente a la mansión cuando el sol ya comenzaba a esconderse. Luisa pagó con las monedas justas, bajó con su bolso al hombro y la bolsa con el traje nuevo de Damián en la mano. La fachada de la casa se veía igual que siempre: imponente, fría, cerrada.
Pero algo faltaba.
La puerta no se abrió de golpe con un portazo. No había gritos. No había reclamos. Nadie la esperaba en la sala con los brazos cruzados y la mirada asesina.
—Raro —murmuró para sí misma, mientras entraba.
El sil