La mañana se había vuelto incómoda en la mansión. El silencio entre Erick y Annie era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Ella seguía en la cocina, fingiendo que se tomaba un café que no había probado. Él seguía en el pasillo, con los brazos cruzados, la mirada perdida en algún punto de la pared.
Finalmente, Erick rompió el silencio.
—Annie, ya puedes irte para tu casa.
Ella levantó la vista del café, fingiendo sorpresa.
—¿Irme? Pero si aún estás enfermo. Quiero seguirte cuidando.
—N