La luz de la mañana entraba por los ventanales de la cocina como una caricia tímida. Luisa estaba de espaldas a la puerta, moviendo una cuchara dentro de una taza humeante. El aroma del café recién hecho se mezclaba con el de los panes tostados que acababa de sacar del horno.
Había dormido bien. Por primera vez en mucho tiempo, había dormido bien.
Annie apareció por la puerta de la cocina arrastrando los pies, con el cabello hecho un nido y los ojos aún hinchados por el sueño. Llevaba puesta un