La tarde caía sobre la ciudad como un manto de oro y sombras, tiñendo los edificios de tonos cálidos que parecían pintados por un artista invisible. El sol, ya cansado de su recorrido diario, se escondía lentamente detrás de las montañas, regalando un espectáculo de luces que solo los que saben detenerse pueden apreciar. El cielo se teñía de naranjas, violetas y rosados, como un lienzo que cambiaba de color con cada minuto que pasaba. Las calles, antes llenas de ruido y prisa, comenzaban a vaci