La mañana había comenzado con un cielo gris que prometía lluvia, pero que aún no se decidía a soltarla. Las nubes se acumulaban en el horizonte como un presagio, pesadas y densas, y el viento movía las hojas de los árboles con una inquietud que parecía contagiosa. La ciudad entera parecía contener la respiración, como si supiera que algo estaba a punto de suceder.
En la oficina de Erick Benedetti, el ambiente era de trabajo intenso. Los papeles se acumulaban sobre el escritorio de caoba, forman