El cielo amaneció gris, cubierto de nubes bajas que parecían tocar los techos de los edificios de la ciudad. No llovía, pero el aire estaba cargado de humedad, como si la atmósfera entera estuviera conteniendo la respiración, esperando el momento justo para desatar su furia. El viento soplaba con una intensidad inusual, moviendo las ramas de los árboles del cementerio como si quisiera arrancarles las hojas, como si la naturaleza misma estuviera indignada por lo que estaba a punto de suceder.
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