Dos semanas habían pasado desde aquella noche en la clínica. Dos semanas de espera interminable, de silencio roto solo por el pitido de los monitores, de noches en vela junto a la cama de un padre que luchaba por aferrarse a la vida. Dos semanas en las que Luisa apenas había dormido, apenas había comido, apenas había hecho algo más que esperar, sentada en esa silla de plástico blanco que ya conocía cada curva de su cuerpo.
Las primeras horas fueron las peores. Los médicos no daban esperanza. Ha