En la mansión, Luisa lo esperaba. Estaba sentada en el sofá de la sala, con las manos entrelazadas sobre el regazo, los dedos fríos, el corazón acelerado. Había estado dando vueltas por la casa durante horas, sin poder concentrarse en nada, sin poder calmar la ansiedad que le crecía en el pecho. El libro que había intentado leer yacía olvidado sobre la mesa. La taza de té que se había preparado se había enfriado hace mucho.
Cuando Erick entró, se levantó de un salto, el corazón latiéndole con f