La luz de la mañana se filtraba por las ventanas de la habitación de Orlando como un líquido dorado y espeso, calentando el suelo de baldosas blancas y dibujando sombras alargadas en las paredes. El aroma a desinfectante y a flores recién cortadas flotaba en el aire, mezclado con el olor a medicamentos y a sábanas limpias. El pitido constante del monitor cardíaco marcaba el ritmo lento pero estable del corazón de Orlando, un recordatorio de que la vida, aunque frágil, aún se aferraba a su cuerp