La noche se había vuelto eterna en la habitación de Luisa. Las horas pasaban lentas, como arrastrándose, como si el tiempo mismo quisiera castigarla por su ingenuidad. Estaba acostada de lado, con las rodillas pegadas al pecho, abrazando la almohada que ya estaba empapada de lágrimas. No sabía cuánto tiempo llevaba así. Una hora. Dos. Tal vez toda la noche.
El reloj de la mesita marcaba las tres de la madrugada cuando un nuevo sollozo sacudió su cuerpo.
—Mamá —susurró, con la voz rota, apenas a