86.

Una vez más, como ya se me hacía costumbre, tuve una noche pesada e intranquila. No solo por el hecho de que al siguiente día tendría que enfrentar uno de mis miedos más grandes, sino que también estábamos prácticamente amenazados. Elisa nos había declarado la guerra. Los hombres de Alejandro habían desaparecido. Él los presumía muertos, pero la mafiosa le había dicho que ellos simplemente lo habían traicionado. Cualquiera de las dos posibilidades era horrible.

De todas formas, estábamos comple
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